LDA: Cuesta abajo y sin frenos.

La literatura juvenil no está pasando, digamos, por su mejor momento. No obstante, el hecho de que al mismo tiempo esta se encuentre en el punto más alto de popularidad y apogeo que jamás haya alcanzo a lo largo de su corta historia representa un nuevo ejemplo, por desgracia uno de tantos, de que, por lo menos en nuestra sociedad, calidad y éxito no van de la mano.

“¡Leer se ha puestode moda entre los jóvenes, hurra!”, gritan nuestros mayores, llenos de entusiasmo. Y es que tiene  motivos para estar contentos porque que los adolescentes hayan cambiado —en cierta medida— la consola por los libros solo puede tener buenas consecuencias… ¿verdad?

No me atrevería a señalar una fecha en concreto, pero hace unos años, el género juvenil dentro de la literatura era prácticamente inexistente. Los niños abandonaban los cuentos infantiles para pasar a leer clásicos en las escuelas y después, sin apenas darse cuenta, ya habían entrado en la edad adulta donde sólo algunos conservarían el hábito de leer por afición. Es imposible no afligirse al imaginarse algo así, al pensar en un lugar tan triste, tan… vacío.

Hoy en día esto ha cambiado y sólo por ello hemos de estar por lo menos un poquito orgullosos de nosotros mismos. Ahora no es extraño encontrarse adolescentes libro en mano ya sea en la piscina, en la estación de metro o en cualquier cafetería. Este cambio, esta evolución en nuestras costumbres y por lo tanto, en nuestra forma de educar —todo hay que decirlo— nos ha hecho progresar en una buena dirección, sí, pero como todo, genera percepciones muy dispares, tanto positivas como negativas, de la situación a la que esto nos conduce.

Como primera consecuencia del masivo tirón que la literatura juvenil, con sus fenómenos de masas y fans, encontramos un aumento del número de libros pertenecientes a esta categoría y, por consiguiente, del número de autores que se dedican a escribir historias dirigidas en esencia al joven público. Este hecho, unido al auge de plataformas como redes sociales sitios webs etc que de alguna manera contribuyen a ampliar el círculo de lectores de estas historias, ha provocado que hoy en día en nuestras librerías haya tantos o más libros de literatura juvenil que de cualquier otro género; algo impensable hace tiempo. No obstante, lo siguiente por lo que cabe preguntarse es si, en efecto, la calidad de estas novelas aumenta también de forma proporcional.

Llegados a este punto, he de decir que estoy totalmente en contra de medir la calidad de un libro con calificaciones, puntuaciones y demás métodos que la gente se saca de la manga.

Cuando entro a un blog que al final de una reseña evalúa la lectura del libro dándole dos, tres cuatro pétalos de rosa o lo que sea con el fin de dejar clara cuál es, en su opinión, la calidad del libro en cuestión no puedo evitar recordar ese famoso fragmento de El Club de los Poetas Muertos en al que el mítico profesor Keating anima a sus alumnos a arrancar la introducción de su libro de poesía. Os dejo un enlace a la escena de la película original, por si no sabéis de qué hablo.

Con esto quiero decir que qué relativo y abstracto es el concepto que se encierra dentro de la palabra “calidad”. Por esta razón, continuar con el artículo a partir de este momento me está resultando un poco complicado y espero que este paréntesis no afecte ni distorsione el mensaje que quiero transmitir con él. Una cosa es medir la calidad de un libro según la impresión que este ha causado en nosotros después de leerlo —es decir, tratar de infundir objetividad haciendo uso de números a algo que es única y exclusivamente subjetivo— y algo muy diferente es hacerlo en base al tema que trata y a las enseñanzas que transmite. Desde donde yo lo veo, esto sí es algo concreto, imparcial, algo sobre lo que sí se puede apoyar la afirmación de: “Este libro tiene mucha calidad”. De esta forma, un libro que defiende valores como el machismo, la sucumbida a  la presión grupal o la importancia del físico frente al interior, por ejemplo, nunca podrá ser considerado al menos por mí un libro de calidad. Y desgraciadamente, el ensalzamiento de estos valores es la conclusión que uno puede sacar leyendo ciertos libros de literatura juvenil. Y es una pena.

Podemos decir pues que, de acuerdo con lo que más arriba tratábamos, esto hace desplomarse a niveles negativos la calidad de este tipo de libros; lo cual nos lleva a la siguiente pregunta: ¿desciende la calidad de los libros que, nosotros, los jóvenes, leemos o por el contrario, es la exigencia de los propios lectores la que se ha abandonado a un descenso en picado, cuesta abajo y sin frenos?

Es muy fácil culpar a los autores, a esas mentes retorcidas que dan forma y crean esos personajes los cuales alimentan estereotipos contra los que los libros deberían luchar. Sin embargo, comparando la literatura con la economía —algo poco descabellado teniendo en cuenta el carácter comercial que esta ha adquirido en los últimos tiempos— la cuestión adquiere un matiz diferente puesto que hoy en día, nadie, ni editoriales, ni autores, ni librerías, se embarca en la elaboración de un producto, de un libro calidades a parte, si no se tiene la absoluta certeza de que este se va a vender como rosquillas.

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