LDA: Releer, ¿tiempo ganado o tiempo perdido?

Una de las cosas por la que más se critica a la sociedad occidental es el hecho de que en nuestras ciudades, da la sensación de que todo el mundo tiene prisa. Y, bueno, esto es verdad. Vivimos con un constante miedo a malgastar nuestro tiempo, y hacemos bien, porque es de las cosas más preciadas que tenemos. Hemos de pensar cuidadosamente en qué lo invertimos porque, como se suele decir, el tiempo es oro. Pero, ¿qué hay de la lectura?

Volviendo de nuevo a analizar nuestro modelo de sociedad y centrándonos ahora en nuestra forma de actuar en relación con la literatura, nos damos cuenta de que, a día de hoy, podríamos decir que leer se está poniendo de nuevo de moda, si es que lo estuvo en algún momento de la historia. Y esto no se debe única y exclusivamente a que ahora la cultura esté más valorada, sino porque desafortunadamente “postureo” ha afectado también a este ámbito.

Nosotros, como parte de la sociedad que somos, tenemos la obligación de ser conscientes de hacia dónde nos estamos dirigiendo, porque en gran medida, formamos parte de las decisiones que nos conducen por este camino; uno que todos recorremos deprisa y corriendo, sin detenernos a disfrutar. Y es curioso, pero esta prisa que se manifiesta en los viandantes que se agolpan a la entrada del metro, está también presente cuando leemos. De acuerdo con la moda que impera, los lectores debemos convertirnos en máquinas trituradoras, que no asimilan ni reflexionan, solo leen, leen y leen un libro detrás de otro por el mero hecho de acumular una torre interminable de ellos en la estantería y presumir de ello. Atrás se están quedando los clásicos, el placer de disfrutar leyendo, atrás se queda el releer un libro por gusto.

¿Por qué? ¿Qué estamos haciendo mal? Porque desde luego algo no funciona si cuando leemos, en vez de importar las letras, lo único que vemos son números.

A veces incluso yo misma me asusto de lo rápido que olvido ciertos detalles de los libros que leo. Y me da rabia, porque son historias que me llenaron en el momento en las que las leí, que me hicieron sentir cosas de las cuales ahora sólo guardo un recuerdo borroso y en algunos casos, distorsionado. En momentos así me pregunto qué hay de malo en releer. Mi voz interior que representa los estereotipos de la sociedad me susurra que lo pasado, pasado está, que no debo preocuparme por lo que he olvidado sino por lo que aún puedo recordar. Para qué perder el tiempo repitiendo algo que ya he hecho antes cuando puedo emplearlo en vivir experiencias nuevas, conocer otros libros y autores, ampliar mis límites.

Cualquiera después de esto se replantearía su filosofía y probablemente comenzaría a vivir más y a pensar menos; pero sin embargo, hay que ver la de cosas buenas de las que nos veríamos privados si realmente nos guiáramos por esta máxima.

Por supuesto que es bueno lanzarse a lo desconocido y atreverse con nuevos géneros y tipos de historias por las que quizá, en cualquier otro momento, nunca nos decantaríamos. Hay que salir de la zona de confort literaria, sí señor; pero eso no significa que haya que renunciar a lo que nos gusta, es decir, a sensaciones que ya hemos experimentado y que por una cosa o por otra, nos han gustado y queremos repetir. No hay nada de malo en eso, exclama entonces mi otra voz interior, la inconformista, ¡no hay nada de malo en releer! corroboro yo.

Es más, me atrevería a decir que sólo hay cosas buenas. Cuando uno pasa dos veces por la misma calle, reconoce objetos, personas, es capaz incluso de anticiparse a lo que va a pasar después porque recuerda que al lado del escaparate de la zapatería de la esquina, sentado en la mesa del bar, está siempre el señor de barba blanca leyendo el mismo periódico de siempre. Pero también, uno se da cuenta de nuevos detalles que la primera vez había pasado por alto y descubre que la camarera que sirve los cafés tiene los mismos ojos que el hombre de barba blanca y que este la espera hasta el final de su turno y la acompaña a recoger a su nieto del colegio.

Esto mismo ocurre con los libros. Releerlos nos enriquece, nos hace plantearnos nuevos dilemas que antes habíamos ignorado. Es posible que incluso la experiencia cambie, y lo que antes recordábamos como una obra de arte pase a ser uno de los peores libros que jamás hayamos leído, pero ni siquiera esto es una desventaja, sino que forma parte de la relación misma del arte y las personas. Nunca, por mucho que se empeñen, dos personas verán de igual forma un cuadro, o entenderán de la misma manera un libro. Y sin embargo, lo que cambia no es este último sino quién lo mira desde el otro lado.

Al fin y al cabo, todo depende de la perspectiva, así que, ¿tú que piensas: tiempo ganado o tiempo perdido?


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